Primer asalto
Confieso que no me gustan los homosexuales; aparte de que yo, como sencillo heterosexual, no lo entiendo ni lo comparto, la actual forma de homosexualidad me desagrada y me resulta incorrecta. Un homosexual es alguien que siente una atracción afectiva y sexual por alguien de su mismo sexo. En muchos casos eso conlleva adoptar una apariencia predefinida del sexo opuesto, y además en términos de prejuicios sexistas, es decir, un gay se afeminará, y además con posturas de chica débil y preciosa, y una lesbiana se materializará en un macho vociferante y descuidado (De ahí el término ’invertido’). E incluso llegan al extremo de que, debido a su especial condición, que implicaría un descubrimiento más profundo de sí mismos, suponen saber más sobre relaciones sentimentales que los heterosexuales, creyéndose más capaces de dar consejos o de hablar sobre el deber ser de estas. Recuerdo años atrás un programa de Antena 3 llamado ’El equipo G’, que no triunfó, pero que era una prueba tangible de lo que afirmo. Y por supuesto está el afán exhibicionista y de representación. La propia naturaleza particular de la homosexualidad hace que estos busquen una apariencia distintiva, una estética propia y aparte, de tal manera que podemos juzgar la sexualidad de alguien por su especial cuidado al vestir. Y sobre todo día del Orgullo Gay, que recuerda la defensa contra las palizas que les propinaba la policía en la onomástica de la decisión de retirar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales de la OMS.
Recalco que no comprendo ni acepto la homosexualidad, pero me considero lo suficientemente listo como para saber que a mí no me perjudica en nada que alguien sea homosexual. Eso no rompe la convivencia como, por ejemplo, el consumo de drogas. Me parecen ridículos los argumentos sobre el perjuicio a la sostenibilidad demográfica, y tampoco apoyo las voces que lo acusan de contra natura. Sin embargo, si comprendo el sufrimiento de unos padres cuyos hijos se niegan a continuar el linaje de su propia sangre. Y el citado desfile es una molestia innecesaria, puesto que además no reivindica nada, se trata más bien de una cita lúdica.
Desde mi punto de vista toda relación anímica debería ser íntima, no pública, y nunca ser utilizada como punta de lanza. Sin embargo, con los casos que ya he expuesto, el exhibicionismo y el protagonismo chocan contra esa idea esencial. Es aberrante la falta de privacidad, y eso unido a la imitación de formas predeterminadas del otro sexo y a la estética rebuscada me lleva a suponer que la homosexualidad es una farsa televisiva.
A la cámara le gustan los homosexuales; será porque hay mucha proporción de estos en la televisión. En un capítulo de los Simpson en que Homer se muda a un barrio gay, uno de sus compañeros empieza a cambiar de canal señalando como gays, lesbianas o bi a todos los que aparecen en la pantalla. Y en este país hemos contado durante mucho tiempo (por lo menos hasta que dejé de ver ciertos programas) con el antisimpático Boris Izaguirre. Su fingimiento, su pretendida búsqueda de una apariencia resultona los hace muy presentables en la pantalla. Quizás por eso las lesbianas no son tan populares: al invertirse por la imagen tópica del macho no son tan adecuadas.
Pero yo sospecho que la razón es otra. Como instrumento opresor la televisión siempre trata de ocupar la individualidad. También muestra como asumidas ideas que ella misma implanta. Yo sé que si digo públicamente que no acepto la homosexualidad, alguien siempre se me tirará al cuello.
El que yo opine así no perjudica a nadie, es algo que en realidad alimenta el intercambio en esta sociedad, y más aún cuando lo hago con razones. Pero quien me ataca lo hace movido porque en la televisión, en un ejercicio de pensamiento único, (y en más medios de comunicación, incluido internet, pero sobre todo en la televisión, que es el que más efecto causa sobre el juicio del común de la sociedad) se presenta como buena la aceptación de la homosexualidad, como un logro y un progreso, mientras que lo contrario es malo y retrógrado. Llegué a ver en un programa de TVE, poco después de la aprobación del matrimonio gay, en uno sobre mascotas para niños, cómo una maruja cuarentona presentaba a su perro gay para buscar pareja, pura propaganda y adoctrinamiento. No se hace juicio crítico, se dicta el deber ser.
Y en cuanto a la invasión de la privacidad es para lo que son útiles los homosexuales. El desvergonzado protagonismo y la despreocupación con que anuncian su sexualidad le son gratas a la televisión, refuerzan la autoridad que aspira a conseguir sobre la sociedad, y que precisamente la capacita para imponer comportamientos y pautas de consumo, único objeto de la deriva patética de estos tiempos. El mecanismo se asienta sobre una opinión pública que va a asimilar lo que se le muestre, ya que esta misma audiencia le concede crédito y valor precisamente por considerarla un escaparate de sí misma (como hacen todos, no solo los homosexuales, aunque especialmente estos), quizás porque las imágenes son más directas que la lectura o el sonido. Sin embargo manipulan ese escaparate como les convenga, y ni siquiera tienen que manipular, con seleccionar el contenido les basta, lo que les deja amparados con la excusa de que han mostrado la verdad, no toda, pero la han mostrado. Que todos pasen por su tamiz, por el motivo que sea, más allá del derecho al honor y la intimidad, y se sometan a su juicio. ¿Hasta qué punto?¿Conseguir la impunidad, como en la película “15 minutos” (cuyo título está basado precisamente en una cita de Andy Warhol, artista y homosexual), o como algún simpático llamante del programa “Aló presidente” de Hugo Chávez?
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Juanlucker el dia 10-11-08 a las 22:53:16
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Inicios
Prueba inicial del blog, para comprobar su vistosidad.
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Juanlucker el dia 06-11-08 a las 21:51:06
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